Cómo la moral protege la democracia según Tocqueville

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Esta es la primera parte de una serie de artículos sobre “De la Democracia en América” por Alexis de Tocqueville. Aquí repasamos cómo, según el autor, la moral protege y regula la democracia.

Muchos de los líderes que emigraron e EEUU, tuvieron algún tipo de riña política o religiosa en Inglaterra.

Al principio, llevaron consigo sus costumbres aristocráticas, pero, eventualmente, llegaron familias con un sentido de orden y moral, quienes desde el exilio, en esa tierra americana, elevaron su inteligencia para superar sus sufrimientos, ideando una teoría social influyente.

Según Tocqueville, muchos de ellos eran los llamados “puritanos”, sin entenderlos únicamente como una doctrina religiosa, sino también comprendiendo sus sentimientos democráticos y republicanos. Al ser perseguidos por su gobierno en la madre patria, llegaron a un sitio remoto del mundo para vivir con sus opiniones en libertad.

Por supuesto que al gobierno inglés no le importaba mucho que emigraran esos grupos porque eso significaba deshacerse de potenciales revolucionarios sin mucho esfuerzo (aunque si te pones a pensar, este punto es bastante irónico).

Muchos de esos inmigrantes se establecieron en Nueva Inglaterra, colonias que disfrutaban de una mayor libertad que otras del mundo, incluso superando las concesiones a los estados del sur de los EEUU. Los inmigrantes de Nueva Inglaterra podían constituir una sociedad política y auto-gobernarse, siempre y cuando sus leyes no fueran contrarias a los principios de la madre patria.

De tal manera, los legisladores crearon leyes que consistieron en mantener una conducta ordenada y las buenas morales, aunque sin imponerlas a la fuerza porque fueron votadas por los integrantes de la comunidad. Aquí vemos un tema que surge con frecuencia en la lectura: las costumbres. Profundizaré este punto más adelante, por ahora basta con decir que la comunidad puritana era incluso más puritana que las leyes, por lo que las costumbres tenían una gran influencia sobre las políticas públicas.

Aquí es posible ver una distinción particular de las nuevas democracias: el mundo moral, parece ser decidido, seguro, y calmado, mientras que el mundo político es incierto, disputado, y agitado. En el primero, hay una obediencia voluntaria, en el segundo, hay un resentimiento a la autoridad que proviene de los exiliados que fundaron el sistema.

Estas dos tendencias se complementan: donde la religión les recordaba que la libertad civil se ejerce a través de las cualidades morales de cada individuo (siendo un factor que te “auto-regula” por así decirlo), la política les exigía utilizar su inteligencia para relacionarse con los demás.

Yo creo que ambas doctrinas se tienen que analizar en conjunto. Los puritanos no eran ningunos santos y muchas veces sus prejuicios se imponían para oprimir a las minorías. Si bien su moral los “auto-regulaba”, su inteligencia ejercida en la política los hizo progresar de generación en generación para convivir con las demás sectas.

Por eso es que vemos, incluso en un momento cuando las repúblicas estadounidenses estaban tan crudas, una ciencia gubernamental y una teoría de la legislación muy avanzada.

Quiero poner énfasis en la palabra “ciencia” porque las “ciencias políticas” no surgen de la “ciencia de ganar elecciones” sino de la “ciencia de la asociación” o la “ciencia que estudia el funcionamiento del Estado”.

El espíritu democrático entonces conlleva a un principio que también se convertirá en una tema recurrente en la lectura: el principio de la igualdad de condiciones.

 

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