Pensar Rápido, Pensar Despacio por Daniel Kahneman

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La impresión que a uno le queda tras leer “Pensar Rápido, Pensar Despacio” por el ganador del Nobel de Economía, Daniel Kahneman, es la complejidad de nuestra toma de decisiones y lo simple que tendemos a considerarla.

Por ejemplo: ¿sabías que cuando estamos activamente realizando un esfuerzo mental difícil, el nivel de glucosa en la sangre desciende? El efecto es parecido a lo que le ocurre a un corredor cuando su glucosa almacenada disminuye durante una carrera.

Sin embargo, por lo general superponemos el esfuerzo físico por sobre el esfuerzo mental. Bajo tal lógica, realizar análisis matemáticos, estadísticos, literarios, históricos, sociales, psicológicos, entre otros, complejos, puede parecer menos impresionante que estar en constante movimiento.

Además, es “innecesario”. Quien gaste tanto tiempo estudiando algo “piensa demasiado las cosas”. Lo importante es ser intuitivo, pensar rápido, tenerle una respuesta a todo como que si nuestra mente fuera el  mejor “fast-food” disponible.

El propósito de este libro es precisamente enfatizar las trampas cognitivas en las que caemos con frecuencia por confiar tanto en nuestra intuición, lo cual se debe a un conjunto de factores. Uno de los más peligrosos: la flojera de pensar.

Nos da flojera, porque “pensar lento” requiere “trabajo”. “Pensar lento” no significa ser “bobo” sino “estudiar”, “analizar”, “desarrollar un juicio crítico”, “meditar” las cosas, esfuerzo al que por lo general le huimos, quizá porque gastamos mucha energía al hacerlo. Esa pereza perjudica nuestra toma de decisiones y nos hace confiar demasiado en un sistema automático.

En nuestras vidas, esto parece ser especialmente perjudicial. Imagínese que la gente vaya por ahí con esa flojera de analizar las cosas, sin tomarse su tiempo para, por ejemplo, meditar por cuál candidato votará y por qué. Al contrario, por lo general dejamos que nuestros prejuicios actúen porque, si ya tenemos todas las respuestas, no hay nada qué pensar.

Imagínese si la gente estudiara por qué ocurren los desastres económicos, sociales y políticos. No hablo de que todo el mundo sea experto, pero al menos que la gente examine las evidencias disponibles e intente llegar a conclusiones en base a la contraposición de argumentos.

Imagínese si la gente pensara el mundo, no tanto como acto reflejo, ni causa-efecto, sino por su origen multifactorial.

Imagínese si la gente pensara en forma estadística, en vez de siempre sacar conclusiones apresuradas en base a anécdotas que no son representativas del fenómeno estudiado.

Pensar el mundo más allá de sistemas lineales y sencillos es muy difícil, pero no por eso debemos dejar de hacerlo.

Además, no debemos olvidar la dependencia emocional de nuestras decisiones, aunque tampoco quiero dar la impresión de que los seres humanos nos podemos transformar en computadoras. Al contrario, el proyecto de Kahneman demuestra que los humanos no somos computadoras y que tendemos a cometer errores. Por ende, nuestras imperfecciones nos exigen un mayor esfuerzo.

El problema es que muchos creen que los seres humanos somos computadoras. Por eso es que Kahneman hace una distinción entre “humanos” y “econos”.

A los seres humanos los afectan muchas variables como los niveles de glucosa en la sangre, el contexto, las enfermedades, las emociones, etc.

Los econos, en cambio, son como máquinas: deben tomar decisiones perfectamente lógicas todo el tiempo, en base a relaciones de costo-beneficio racionales. Es decir, no hay nada más allá de ese código computacional que lo afecte. Por eso, cuando no lees la letra pequeña del contrato no sirve decir que una mezcla entre: mala visión, cansancio, necesidad financiera, ansiedad, etc., pudo haberte afectado. Si no leíste la letra pequeña, debes pagar. Suena un poco radical, ¿no?

Para los investigadores como Kahneman, al menos la cuestión humana presenta un “dilema”: ¿debemos proteger a los seres humanos de sus propias malas decisiones? Y si es así: ¿Cuándo? ¿Cómo? Preguntas difíciles de responder, a las cuales llegaremos a través del estudio y del análisis, en vez de la mera intuición.

Para los “econos”, en cambio, el dilema no existe. Debemos ignorar todo lo que sabemos del pensamiento humano y seguir tratando a las personas como máquinas.

¿Todo esto quiere decir que la intuición es inútil?

No diría eso porque tomar decisiones rápidas utilizando menos energía es un beneficio en determinadas ocasiones. Por ejemplo: no quiero hacer un análisis complejo sobre a qué restaurante italiano quiero ir a comer hoy. Si ya los conozco, ya sé cuáles me gustan y cuáles no.

¿Cuándo podemos confiar en nuestra intuición?

“La respuesta viene de dos condiciones básicas para adquirir una aptitud:

– un entorno que sea lo suficientemente regular para ser predecible;

– una oportunidad de aprender estas regularidades a través de una práctica prolongada” (Kahneman, 2012).

Tomemos como referencia el ajedrez. En este juego, las condiciones siempre son las mismas: a pesar de que cada jugador trae consigo una estrategia distinta, las reglas nunca cambian, y los movimientos posibles, aunque muchos, siguen un patrón específico.

Pero eso no es todo: también debemos jugar ajedrez por mucho tiempo antes de poder confiar en nuestra intuición. Eso es lo que separa a los maestros de los principiantes.

Hay quienes creen que los maestros de ajedrez simplemente se sientan ahí y su inteligencia/intuición “innata” les enseña todo, es decir, incluso en el primer juego de sus vidas, ya son los mejores.

No quiero subestimar lo “innato” pero tampoco subestimemos el “trabajo” .

“Estudios sobre maestros del ajedrez han demostrado que se requieren al menos 10.000 horas de práctica entregada (equivalentes a seis años jugando al ajedrez durante cinco horas dirias) para alcanzar el nivel máximo” (Kahneman, 2012).

Enfaticemos esto: la manera de enseñar a la intuición es estudiando un contexto lo suficientemente estable en períodos prolongados de tiempo.

Pero, ¿cuáles contextos son tan estables como un tablero de ajedrez?

No muchos, lo cual indica que debemos realizar un esfuerzo constante para reducir el margen de error.

Notas sobre la “Teoría de las Perspectivas”

Daniel Kahneman ganó el premio Nobel en el año 2002 en parte gracias a esta teoría que desarrolló junto a Amos Tversky, quien también hubiese sido galardonado de no fallecer en 1996.

Ambos se podrían considerar los fundadores, o al menos, dos de los fundadores, de lo que hoy en día conocemos como “economía conductual”, una forma de estudiar fenómenos como el comportamiento del consumidor, no en base a “econos” sino a “humanos”.

Kahneman hace énfasis en su cooperación con Tversky porque, además de darle el crédito que se merece, también establece el trabajo en equipo como otra forma de disminuír el margen de error. Kahneman incluso nos dice que algunos de los trabajos más fructíferos que ha hecho, han sido con “oponentes” de su pensamiento porque al trabajar con ellos, se da cuenta que pueden llegar a conclusiones muy parecidas, aunque no siempre coincidan en todo.

Pero este punto también es importante porque enfrascarnos en nuestros mundos nos puede llevar a la “ceguera inducida por la teoría”, que es tomar la teoría como algo cierto y nunca pensar creativamente fuera de esa caja, nunca cuestionarla ni desafiarla.

Al juntarse Tversky con Kahneman logran superar la “ceguera” para proponer la “teoría de las perspectivas”, rompiendo con los esquemas y sistemas propuestos por el “modelo de Bernoulli”.

“Proceder a contrastar las actitudes frente al riesgo con las perspectivas favorables y desfavorables pronto se reveló como un importante avance: encontramos una manera de demostrar el error central en el modelo de elección de Bernoulli” (Kahneman, 2012).

Para mí las palabras claves aquí son: riesgo, actitudes, perspectivas y elección. La misma palabra “perspectiva” te indica que cada persona tiene una perspectiva “distinta” a la hora de tomar una decisión, que depende de un conjunto de variables.

Además, Kahneman (2012) indica que el fallo en el modelo de Bernoulli es que: “su teoría es demasiado simple y carece de la parte emotiva. La variable en ella ausente es el punto de referencia, el estado anterior con relación al cual se evalúan ganancias y pérdidas. En la teoría de Bernoulli necesitamos conocer solamente el estado de nuestro patrimonio para determinar su utilidad, pero en la teoría de las perspectivas necesitamos conocer también el estado de referencia. La teoría de las perspectivas es, por ende, más compleja que la teoría de la utilidad”.

Finalmente, el autor especifica tres aspectos cognitivos que debemos conocer para comprender mejor la teoría de las perspectivas.

  1. “La evaluación es relativa a un punto de referencia neutral que en ocasiones viene a su vez referido a un nivel de adaptación… En los resultados de las finanzas, el punto de referencia habitual es el statu quo, pero también puede ser el resultado que esperamos o quizá el resultado al que creemos tener derecho, por ejemplo, el aumento o la bonificación que nuestros colegas reciben. Los resultados mejores que los puntos de referencia son ganancias y los que están por debajo del punto de referencia, pérdidas”;
  2. “El principio de disminución de la sensibilidad es aplicable tanto a dimensiones sensoriales como a la evaluación de los cambios en nuestro patrimonio. Encender una luz muy tenue produce un gran efecto en una habitación oscura. Pero ese mismo incremento de la luz puede resultar indetectable en una habitación bien iluminada. Parejamente, la diferencia subjetiva entre 900 y 1.000 dólares es mucho menor que la diferencia entre 100 y 200 dólares”;
  3. “El tercer principio es el de la aversión a la pérdida. Directamente comparadas o estimadas unas respecto de las otras, las pérdidas pesan más que las ganancias. Esta asimetría en la fuerza de las expectativas o las experiencias positivas y las negativas tiene una historia en el contexto de la evolución. Los organismos que responden a las amenazas con más urgencia que a las oportunidades, tienen mejores posibilidades de sobrevivir y reproducirse” (Kahneman, 2012).

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