La revolución en “Los Miserables” de Víctor Hugo

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Víctor Hugo escribe varios ensayos a lo largo de “Los Miserables”, realizando análisis históricos y filosóficos que se articulan con las metáforas del resto de la narrativa. Aquí repasamos su perspectiva sobre la revolución y el ser revolucionario.

Marius, los amigos del ABC, y Napoleón

En mi artículo anterior comento sobre los protagonistas de “Los Miserables”. Pero el lector atento se habrá dado cuenta que faltaron algunos de los personajes más cruciales: Marius y “Los Amigos del ABC” (sociedad en contra de la monarquía).

Una de mis partes favoritas del libro es cuando Marius “descubre” a Napoleón Bonaparte.

O, mejor dicho, cuando sus estudios le hacen ver un Napoleón distinto al que le inculcaron.

A Marius lo adoctrina “el partido de 1814”, que no es más que la interpretación dogmática de la Restauración, gobierno durante el cual se crió. La Restauración no se encargó de enseñarlo, de incentivarlo a investigar, estudiar, y analizar, sino que le inculcó un conjunto de preconceptos que “cosieron” una narrativa en su mente.

De tal manera, Napoleón se convierte en un monstruo, incluso peor que Robespierre.

Ahora bien, sería un error creer que estos prejuicios llegaron de la nada. La Restauración no necesariamente los “creó” sino que los “reforzó”. La monarquía realmente estaba explotando las frustraciones de un pueblo cansado de las guerras. Las madres llevaban consigo el odio engendrado por la tragedia que significa perder a sus hijos. Es así como se identificó a Napoleón como el gran responsable. Consecuentemente, había que odiarlo. Consecuentemente, Marius lo odiaba.

Sin embargo, cuando el joven alcanza la edad de razonar, su curiosidad lo lleva a investigar. Es así como, al analizar la historia, Napoleón, el monstruo, se convierte en Napoleón, el humano. Más allá del bien y del mal, encontramos la complejidad. Al menos la búsqueda de la verdad debe conllevar a eso. Pero Marius era cándido y cometió el error de reemplazar un dogma por otro: de execrar a Napoleón, lo glorificó. Si bien es cierto que al menos se preocupó por buscar la verdad, eso no lo protegió del error.

Emocionado por sus hallazgos, Marius le da una cátedra napoleónica a Los Amigos del ABC. Su conclusión: nada ni nadie puede ser más grande que el emperador Bonaparte.

Marius pensó que, por estar en contra de la monarquía, Los Amigos del ABC apoyarían sus ideas.

¿Entonces quién puede ser más grande que Napoleón?

“Ser libre”, le dijo Combeferre y cantó:

“Si Cesar me hubiera dado la gloria y la guerra

Pero tuviera yo que abandonar el amor de mi madre,

Le diría yo al gran Cesar – toma tu cetro y tu carro,

Amo más a mi madre, amo más a mi madre”.

Enjolras agregó:

“Ciudadano… mi madre es la República”.

Vemos entonces que los Amigos del ABC pretenden superar los dogmas, ¿pero cómo?

Durante los meses que conllevaron a Junio de 1832, las ansias revolucionarias se estuvieron cocinando, formando un caldo de ilusiones, una mezcla de ideologías que parecían opuestas pero se encontraban para formar su propia lógica, muchas veces ajenas a la realidad. De cierto modo, Francia vivía los mismos cambios que Marius, mezclando juicios, prejuicios y conceptos con la candidez de un joven.

El dogma llamaba al error: “la utopía de hoy es carne y hueso mañana”. ¿Es eso cierto?

¿Podemos prometer el paraíso sin jamás meditar la ciencia política? Interesante que muchas veces, no pensamos la política como una “ciencia” que se debe estudiar. Al contrario, hoy en día asociamos la política con la “politiquería”.

Entre todo esto, aparecen los amigos del ABC. ¿Quiénes eran estos jóvenes? ¿Unos personajes “cool”? ¿Unos revolucionarios? ¿Unos amotinados?

Enjolras representaba la lógica de la revolución. Tenía una mentalidad rígida, que se podia alinear con Robespierre (y el Terror). Jefe, luchador, el pensamiento de Enjolras, iba a parar en la guerra.

Combeferre, por otro lado, era un filósofo. Pensaba en la ética, en los principios. Sí, creía en la revolución pero también en la civilización, en el progreso. Sus teorías eran accesibles y practicables. Combeferre era un guía del progreso.

¿Debemos preferir a uno por sobre el otro?

Yo creo que ambos eran líderes en su propia manera. Se complementaban, por eso su asociación era tan importante, por eso los Amigos del ABC daban vida a una revolución que, a la vez, podia actuar y meditar. Lo ideal sería tener una combinación de ambos en una sola persona. Pero debido a que tal cosa es por lo usual casi imposible, los amigos del ABC, necesitan de su “organización” y “cooperación” para ser realmente efectivos, lo cual significa ser realmente revolucionarios.

En las películas por lo general se le da un rol muy protagónico a Enjolras por su coraje. Grave error.

Enjolras y Combeferre representan las contrabalanzas necesarias. A veces, en tiempos de crisis, cuando necesitamos actuar, necesitamos las pasiones de Enjolras.

Por ejemplo, yo veo en las convulsiones americanas a muchos Enjolras: Bolívar, José Antonio Páez, Washington, Castro, el Che, etc.

¿Pero cuántos de ellos también fueron Combeferre?

No me parece suficiente ser Enjolras para ser revolucionario porque las armas y el coraje son insuficientes. Para superar los caprichos pasionales que incentivan el cambio, también necesitas el poder de la mente, la fuerza de la razón, del estudio, de la investigación, de la dialéctica. Necesitas a Combeferre para poner orden, para guiar la revolución hasta el infinito, para superar los dogmas y traer la luz, estudiar las teorías, revisarlas, no sólo aceptarlas porque son románticas y suenan bien.

Si lo pensamos así, debemos reflexionar: ¿alguna vez fuimos verdaderamente revolucionarios?

Si la revolución es una mezcla extraña entre pasión y filosofía, Enjolras y Combeferre: ¿cuántos líderes en la historia fueron verdaderamente revolucionarios?

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