¿De qué trata El Contrato Social por Jean-Jacques Rousseau?

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Este es un análisis del texto “El Contrato Social: o los Principios del Derecho Político” por Jean-Jacques Rousseau, enfatizando el concepto de “Voluntad General”.

¿Qué es la “Voluntad General”?

A mi modo de ver, el proyecto de Rousseau depende de este concepto.

A todos nos enseñaron en el colegio la influencia histórica de esta obra: ¿a cuántas revoluciones inspiró? ¿Cuántos plebeyos desesperanzados soñaron con ser ciudadanos para construir su propio país en base a la igualdad? ¿Es la república posible sin El Contrato Social?

¿Qué es El Contrato Social?

El pacto entre ciudadanos.

Aunque también parece ser una obra de arte. Si fuese una pieza musical, pensaríamos en Beethoven. Para algunos, la pieza más bella jamás escrita.

¿Y por eso es perfecta? ¿Tiene que ser perfecta?

No, no tiene que ser perfecta.

Fíjense cómo el autor habla sobre lo difícil que es hacer país en una república: requiere de sacrificio, de atención a la esfera pública, de pensar en los demás, de trabajar por la patria, de crecer en comunidad, en relación con los demás.

Quienes nos consideramos colectivistas, creemos en esos principios.

El problema es que hay muchas formas de colectivismo.

¿Qué es el colectivismo? ¿Qué es el comunitarismo? ¿Es el comunismo? ¿Es el socialismo? ¿Está lo comunitario siempre opuesto al interés personal? ¿Está el individuo opuesto al colectivo? ¿Si el interés personal es un patrón social, se desploma la república?

Yo mismo he criticado que algunos autores no superan la teoría del interés personal, o al menos una teoría del interés personal basada en que los seres humanos siempre se aprovechan de los demás para satisfacer sus ambiciones y necesidades, lo cual conlleva a una lógica de dominación.

Tal concepto de interés personal, sí parece estar opuesto a una república: si cada quien es egoísta y cada quien abusa de su poder, entonces lo que queda es la oclocracia.

Pero esta idea de que puede haber una dicotomía entre los intereses del individuo y de la sociedad me parece tan errada como ver un martillo y un yunque en cada relación interpersonal.

Las repúblicas están basadas en la igualdad, aunque no en la igualdad absoluta. Rousseau parece estar de acuerdo con esto: no todos tenemos los mismos dones naturales ni las mismas ventajas en un momento determinado, pero podemos ser iguales ante la ley y pretender un bienestar común que conlleve a una mayor equidad y prosperidad para todos los ciudadanos.

Sin embargo: ¿Rousseau acepta que la república se basa en la diferencia?

No hablo de la diferencia entre pobres y ricos sino la diferencia de intereses. La democracia sobrevive por lo plural y heterogéneo, no por lo uniforme y homogéneo. La democracia se nutre de las diferencias y se fundamenta en que la sociedad convive con tales diferencias para lograr el bien común. Se llegan a acuerdos temporales e inestables que no siempre complacerán a todos pero que, bien pensados, planificados, y razonados, podrán beneficiar a todos.

Con esto quiero decir que el individuo y la comunidad no están opuestos.

La comunidad necesita ciudadanos que sean individualmente responsables. Necesitamos de gente que sepa cumplir con sus deberes y reclamar sus derechos, pero también personas que por voluntad propia estudien y trabajen. El Estado no puede ser la niñera de millones, es más fácil si cada quien se responsabiliza de su parte.

Pero mi responsabilidad también es en relación con los demás. No soy responsable solamente para complacerme a mí mismo sino que lo soy porque sé que eso también favorece a un colectivo y, debido a que me interesa el bienestar de dicho colectivo, también me interesa el bienestar de los demás, es decir, que todos podamos prosperar.

Sin embargo, para muchos pensadores los conceptos de individuo (o interés personal) y comunidad están opuestos.

¿Qué es la “Voluntad General”? 

Esa es la pregunta que requiere respuesta. Veamos cómo el autor describe este concepto a lo largo de su tesis.

A continuación, me valgo de traducciones propias de “El Contrato Social” por Rousseau, editado por Susan Dunn (2002):

“Cada uno de nosotros pone su persona y todo su poder bajo la misma dirección suprema de la voluntad general; y a cambio cada miembro se convierte en una parte indivisible del todo” (Dunn, 2002: 164, traducción propia).

¿El todo es indivisible? ¿El todo no requiere de la división de poderes para que ningún grupo o individuo abuse de su poder? Sigamos:

“Quien se rehúse a obedecer la voluntad general será obligado a hacerlo por la entidad entera; lo cual no significa más que forzarlo a ser libre” (Ibid: 166)

¿”Forzarlo a ser libre”?

“Lo que el hombre pierde por el contrato social es su libertad natural y el derecho ilimitado a cualquier cosa que lo tiene y que pueda obtener; lo que gana es la libertad civil y la propiedad de todo lo que posee” (Ibid: 167).

Según Rousseau, la libertad individual está limitada por los poderes del individuo mientras que la libertad civil está limitada por la voluntad general. Como vemos, la libertad civil sobrevive o se derrumba dependiendo de lo que Rousseau entiende por “voluntad general”.

“Por la misma razón que la soberanía es inalienable es también indivisible porque la voluntad, o es general o no lo es; es el cuerpo del pueblo, o una parte del mismo” (Ibid: 171).

Donde en Inglaterra, una historia de guerras civiles les enseñó sobre las contrabalanzas al poder, incluyendo el rol de los partidos políticos como representantes de distintas facciones, Rousseau hablaba de una voluntad general que no admite facciones particulares. El Estado de Rousseau es indivisible y está opuesto a cualquier interés particular. Vemos, pues, cómo se engendra un Estado basado en lo uniforme, homogéneo y unánime, en vez de las diferencias naturales de los seres humanos.

Solamente preguntémonos esto: ¿todos somos iguales? No me refiero a la igualdad por dinero, hay distintas formas de llegar a la justicia social. Me refiero, por ejemplo, a si eres igual que tu padre, hermano, primo, o amigo: ¿Tienes los mismos gustos? ¿No hay en el seno de una familia una variedad de religiones y posiciones políticas? ¿Cómo es que la voluntad general puede ser entonces indivisible? ¿El bien común no depende de los acuerdos y los consensos? El problema es que la voluntad general de Rousseau va más allá del acuerdo y del consenso: debe ser unánime, homogénea, y uniforme, pues, según él, las palabras comunidad e interés particular, están opuestas.

“Existe una gran diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general; la última se refiere solamente al interés común, mientras que la primera se refiere a los intereses personales y es meramente la suma de voluntades particulares; pero quita de estas voluntades los positivos y negativos, los cuales se cancelan entre ellos, y la voluntad general queda como la suma de las diferencias” (Ibid: 173).

¿Cuáles diferencias?

“Pero cuando facciones, asociaciones parciales, se forman en detrimento de la sociedad entera, la voluntad de cada una de estas asociaciones se vuelve general en relación con sus miembros y particular en referencia con el Estado… cuando una de estas asociaciones se convierte tan predominante que domina a todas las demás, ya no tienes el resultado de la suma de pequeñas diferencias, sino una sola diferencia; por lo cual ya no hay una voluntad general y la opinión que prevalece es la opinión particular” (Ibid: 173).

Es decir, el sistema de Rousseau no admite partidos políticos, ni siquiera ONGs, porque solo puede haber un gran partido político: el de la voluntad general. Todas las diferencias, se suman a ese único partido, de tal manera que se logran acuerdos unánimes.

No, no te equivocas: esto lo hemos escuchado antes… o después… después de Rousseau. Veamos, pues, la voluntad general representada en el siglo XX: con el partido comunista en la Unión Soviética y los nazis en Alemania.

Antes escribí que los discursos de Rousseau enamoran al principio, pero cuando los analizas, te sientes embaucado.

La revolución francesa tuvo resultados distintos a la estadounidense en parte debido a cómo se concibieron.

Susan Dunn, en su introducción a la obra de Rousseau (2002), nos dice que, donde Madison y Jefferson hicieron énfasis en los partidos y las facciones, Sieyès y Robespierre, se enfocaron en el sueño de Rousseau basado en la armonía y la unanimidad.

Pero por supuesto: la revolución francesa no fue armónica.

Veamos otras citas que sólo pueden derivar en el caos, a pesar de que se busca la perfección.

“La religión, en relación con la sociedad, está dividida en dos tipos: la religión del hombre y la del ciudadano” (Ibid: 249).

El coctel cada vez se vuelve más peligroso.

“Existe, por lo tanto, la profesión puramente civil de la fe… no como dogmas de una religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los cuales es imposible ser un buen ciudadano y un súbdito fiel… el soberano puede desterrar del Estado a quien no los crea; desterrarlo no por impío, sino por asocial, y por ser incapaz de amar la ley, la justicia y el sacrifcio… pero si cualquier persona, luego de públicamente reconocer estos dogmas, se comporta como un no creyente en ellos, deberá ser castigado con la muerte; ha cometido el más grande de los crímenes, ha mentido ante la ley” (Ibid: 253).

¿Me equivoqué al decir que Rousseau a veces suena más como un inquisidor que como un iluminado?

“La censura apoya la moral al prevenir que las opiniones se corrompan, preservando su integridad a través de aplicaciones sabias” (Ibid: 245).

El Contrato Social entonces llega a su cumbre, la cual comenzó con el Discurso sobre las Ciencias y las Artes y el Discurso sobre el origen de la Desigualdad de los Hombres.

Esa alma pura y primitiva de los seres humanos, viciada por la sociedad, hay que protegerla de cualquier forma de corrupción, para ello hay que censurar, desterrar, matar, impedir el disenso, lograr la unanimidad, lo uniforme, lo homogéneo. Que las personas no piensen, que no se corrompan con los vicios que surgen de la duda, que se entreguen a la voluntad general suprema y perfecta.

Rousseau le hace tanto daño al colectivismo con su utopía como los utópicos del laissez faire a la libertad del mercado.

El individuo y la comunidad no están opuestos ni es imposible reconciliarlos en base al pluralismo.

Referencias:

Dunn, S. (2002). The social contract and the first and second discourses: Jean-Jacques Rousseau. New Haven: Yale University Press.***

***Las citas aquí expuestas están originalmente en inglés, la traducción es propia, no oficial.

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