¿Por qué son importantes las leyes, los tres poderes, la república y la libertad? Montesquieu te lo explica

¿Por qué son importantes las leyes, los tres poderes, la república y la libertad? Montesquieu te lo explica

Esta es la primera de tres partes en que reseñamos “El Espíritu de las Leyes” por el autor de la Ilustración, Montesquieu. Aquí nos enfocamos en: los tipos de gobierno (incluyendo la república), las leyes, los poderes, y la libertad.

¿Por qué leerme este libro si no estudio derecho, ni historia, ni filosofía?

Dos palabras: principios universales. Además: principios universales que se nos olvidan.

Todos conocemos, por ejemplo, los tres poderes: legislativo, ejecutivo, y judicial. Fue Montesquieu quien los conceptualizó.

Esta es la primera parte de lo que será una trilogía de posts sobre “El Espíritu de las Leyes”. El objetivo es precisamente comprender el “espíritu” de esta obra, comenzando por los siguientes puntos del texto:

  • Las leyes en general
  • Los tres gobiernos
  • El gobierno republicano
  • La monarquía
  • El despotismo
  • Las leyes civiles y criminales, forma de los juicios y establecimiento de las penas
  • La república federal, la seguridad y la guerra
  • La libertad y los tres poderes

Las leyes en general

Los seres humanos están sujetos al error, pues su inteligencia es finita.

Por ende, los filósofos debaten la moral y los legisladores nos llaman a nuestros deberes políticos y civiles. La ley en general es la razón humana.

El espíritu de las leyes es que por más que existan principios universales, éstas se deben moldear a cada Estado, pues uno no es igual al otro, el contexto cambia y con ello el tipo de gobierno, el clima, la extensión territorial, las costumbres, las religiones, el comercio, el número de habitantes, entre otros.

De tal manera, es necesario hablar de.

  • Derecho de gentes: leyes que regulan las relaciones de los pueblos entre sí. Se funda en el principio de que todas las naciones deben hacerse en la paz el mayor bien posible y en la guerra el menor mal posible, sin perjudicarse cada una en sus respectivos intereses.
  • Derecho político: relaciones entre los gobernantes y los gobernados.
  • Derecho civil: regulan las relaciones de todos los ciudadanos, unos con otros.

Los tres gobiernos

  • Republicano: aquel en que el pueblo, o una parte del pueblo, tiene el poder soberano. Se fundamenta en la virtud.
  • Monárquico: aquel en que uno sólo gobierna pero con sujeción a leyes fijas y preestablecidas. Se fundamenta en el honor.
  • Despótico: el poder también está en uno sólo, pero sin ley ni regla, gobierna el soberano según su voluntad y sus caprichos. Se fundamenta en el temor.

El gobierno republicano

En las repúblicas el poder soberano lo tiene el pueblo, lo cual requerirá de virtud para compartir el patrimonio público en base a la equidad, es decir, si bien no podemos ser todos iguales, en las repúblicas el bienestar del Estado, depende del bienestar de todos, por lo que se debe superar el interés personal por el bienestar colectivo.

De tal manera, se distinguen dos tipos de repúblicas:

  • Democracia: cuando el poder soberano reside en el pueblo entero
  • Aristocracia:  cuando el poder soberano está en manos de una parte del pueblo

Es importante diferenciarlas porque cada tipo de gobierno, tendrá leyes distintas e incluso cultivará valores diferentes.

Todo aquello que el pueblo puede hacer, tiene el deber de cumplirlo. Sin embargo, aquello que no puede hacer, debe delegarlo a sus ministros. Para ello el sufragio es fundamental y por ello la soberanía no debe ser usurpada por extranjeros. El pueblo tiene la capacidad de elegir a sus ministros, pues puede reconocer sus méritos desde la plaza pública, aún mejor que un monarca desde su palacio. Lo que no puede el pueblo es gestionarlo todo.

Hago un pequeño inciso para preguntar: ¿Montesquieu sobrestimaba nuestra capacidad para reconocer los méritos de los funcionarios públicos? Yo creo que depende. Por un lado, si nuestra inteligencia es finita, estamos sujetos al error. Si somos prejuiciosos, tendemos a elegir basándonos en factores externos al mérito, voy a los ejemplos extremos: si soy racista prefiero trabajar con un blanco que con un negro incluso si el negro tiene más mérito; o si soy machista, prefiero elegir a un hombre que a una mujer como presidente. Pero no siempre los ejemplos tienen que ser tan extremos y aún así la idea se cumple. Lo que quiero decir es que la meritocracia puede sonar bien, en la teoría, pero en la práctica no siempre se aplica debido al error humano (de hecho, por eso hoy en día existe el software que ayuda a los departamentos de recursos humanos a elegir en base al mérito: las máquinas son menos prejuiciosas que nosotros). Que esto no suene triste ni desesperanzador: hemos demostrado tener democracias exitosas porque podemos mejorar, porque podemos desarrollar nuestras capacidades y conocimientos, porque podemos superar nuestros prejuicios.

Pero tenemos que mejorar y estar dispuestos a ello. Por eso es que las democracias son difíciles de mantener: así como podemos desarrollar capacidades, también podemos desarrollar vicios que las pueden corromper fácilmente.

Para Montesquieu, el lujo es uno de esos vicios, pues hace que las personas sean más egoístas, pensando en sí mismos, y no en el bienestar público, es decir, el bienestar de todos los individuos que conforman la república, lo cual no le importa al egoísta, porque lo que le interesa es esperar tranquilamente su salario.

Por eso es que de la democracia a la aristocracia hay un sólo paso, así como de la aristocracia a la monarquía y de la monarquía al despotismo. La aristocracia es el poder de la república en mano de unas cuantas personas o familias.

Debido a esto, las democracias requieren una fuerza moral que va mucho más allá de decretar leyes y establecer el comercio: la virtud.

La virtud es el cimiento de la república, es necesaria para sostenerla. Esto no significa que en toda república hayan virtudes sino que debe haberlas.

El régimen republicano necesita de toda la eficacia de la educación. puesto que la virtud política es lo más difícil que hay.

Montesquieu define esta virtud diciendo que es el amor a la patria y a las leyes. Ese amor es al bien público por encima del bien propio porque la república se basa en el bienestar de todos.

La igualdad es el alma de la democracia, pero Montesquieu nos recuerda que no es fácil establecerla de manera efectiva porque las repúblicas tienden al lujo y los vicios de los placeres nos pueden hacer perder nuestrad virtud. Las leyes deben permitir que se igualen las diferencias, por ejemplo, imponiendo mayores tributos a los ricos y aliviando las cargas de los pobres. Pero hay que ser cautelosos y moderados, no demasiado extremistas: la igualdad extremada también puede corromper a la democracia porque el pueblo todo lo quiere: gobernar, delegar, tener, enjuiciar, perdiéndose la virtud porque se produce un libertinaje que degenera en la pérdida de la moral, del orden, de la obediencia, y del amor al patrimonio público. Además, tenemos que recordar que la frugalidad es importante, pero el comercio también es importante, ya que lleva consigo orden, regla, y sobriedad, corrompiéndose cuando hay exceso de lujo, lo cual produce egoísmo y desigualdad. Es preocupante para una república cuando los particulares toman las riquezas del patrimonio público como suyo, en vez de que sean las riquezas de los particulares las que formen el patrimonio público. También le debe preocupar a la república fomentar el trabajo sobre la ociosidad.

Las leyes entonces se deben encargar de que cada quien pueda vivir con lo que necesita porque la acumulación de riquezas en pocas manos genera desigualdad, pero no olvidemos que, donde el exceso de riqueza o lujo hace que hayan grupos de personas egoístas que piensan en ellos mismos en vez del bienestar de la república, el otro extremo, pretender la igualdad súbita y absoluta, puede producir revoluciones caóticas que degradan la virtud.

La monarquía

Bien sabemos que en las monarquías gobierna uno sólo: el rey, pero para que no haya despotismo, dicho rey debe estar sujeto a leyes fundamentales. Montesquieu creía que los privilegios del clero y de la nobleza son necesarios en esta forma de gobierno, aunque hay que regularlos para que sean una contrabalanza al poder del rey.

En el gobierno monárquico puede haber virtud mas no es su fundamento. Al pueblo le cuesta ser virtuoso en la monarquía porque los cortesanos tienden a la ociosidad al enriquecerse sin trabajo y al orgullo que menosprecia los deberes cívicos.

Consecuentemente, el principio de la monarquía no puede ser la virtud sino el honor.

Donde la ambición es perniciosa en la república, es beneficiosa para la monarquía. Es cierto que es un falso honor en el que se piden distinciones, preferencias y prerrogativas, pero como principio mantiene a estos Estados cohesionados.

La educación en las monarquías enseña el honor a través de los modales, la fineza, la rectitud, y todas las virtudes exigibles en esta forma de gobierno.

El honor entonces tiene reglas o “códigos” entre los que se distinguen: servir al príncipe en la guerra, alcanzar una categoría y no hacer nada que haga parecer inferior a ella, y no incurrir en aquello prohibido por el honor sin importar si las leyes lo dictan o no.

Según Montesquieu, la monarquía se pierde cuando todo el poder recae sobre el rey, llegando al despotismo, o cuando el rey cambia el orden de las cosas por capricho. Debido a que el rey tiene la mayor parte del poder, puede ejecutar leyes más rápido que en las repúblicas, pero precisamente por eso se debe procurar una cierta lentitud.

El despotismo

En el Estado despótico, todo el poder recae sobre una sola persona, sin ley ni regla, cumpliéndose la voluntad y los caprichos de quien gobierna.

Esta forma de gobierno es perjudicial porque el líder, al creerse supremo, hace lo que quiere, volviéndose perezoso, ignorante y libertino. Mientras más obligaciones tiene, es menos cuidadoso porque a medida que se gobierna más gente, se pasan por alto problemas particulares y, al tener uno sólo menos capacidad de superarlas, se generan más dificultades.

Debido a la naturaleza de este gobierno, su principio no puede ser ni la virtud ni el honor, ya que su incompetencia sólo admite pueblos esclavos, los cuales deben sentir temor, para que jamás tengan ambiciones en la vida ni ánimos revolucionarios.

Es por esto que la educación en el Estado despótico se ve reducida a desarrollar un pueblo servil, que obedezca ciegamente los mandatos del líder supremo, lo cual requiere individuos ignorantes.

El pueblo como vasallo no necesita muchas leyes, pero sí necesita temer. Es por esto que, según Montesquieu, en esta forma de gobierno puede surgir la religión como un miedo que ejerce su fuerza para mantener la sumisión a través de una uniformidad que no puede existir en las repúblicas ni en las monarquías, puesto que éstas se valen de una combinación de fuerzas ordenadas y moderadas de forma equilibrada.

Las leyes civiles y criminales, forma de los juicios y establecimiento de las penas

Las leyes en los gobiernos republicanos y monárquicos son más complejas que en los despóticos. Además, necesitan tribunales. Los tribunales, a su vez, toman decisiones no esporádicas ni efímeras sino fijas, formando precedentes que sirven de aprendizaje para las futuras generaciones. Por lo tanto, los precedentes son tan fijos y seguros como la constitución.

Se debe procurar que las leyes en cada provincia sean tan diversas como sus costumbres. Solamente en el despotismo se exige la uniformidad. El poder absoluto requiere la simplificación de las leyes, mientras que las repúblicas y las monarquías requieren formalidades fundamentadas en la atención, la importancia y el respeto que se tiene por los ciudadanos. Precisamente por eso hay jueces y tribunales, a diferencia del Estado despótico donde el líder puede juzgar por sí mismo. Además, la república requiere de la igualdad de condiciones ante la ley.

En cuanto a la severidad de las penas: el gobierno despótico es el más severo, ya que su objetivo es impartir el terror, en vez de la virtud y del honor.

Es por eso que tanto en la república como en la monarquía, las penas deben ser proporcionales al crimen para así evitar que se cometan delitos mayores. A Montesquieu le preocupaba que el que roba recibiera la misma pena que el que asesina. Además, sentía que el indulto podía ser muy valioso para los gobiernos moderados porque puede ser efectivo cuando es usado con discreción. Más allá del castigo, también debemos tomar en cuenta que el amor a la patria, la vergüenza y el miedo a la censura pueden evitar crímenes. Por ende, hay que buscar los puntos medios que nos ayuden a prevenir daños mayores. El gobierno despótico es el único que nunca perdona.

La república federal, la seguridad y la guerra

Montesquieu estimaba que las repúblicas pequeñas podían ser destruidas por la fuerza, mientras que las grandes podían ser destruidas por un vicio interior. Por ende, favorecía el establecimiento de una república federal.

  • República federal: esta forma, de gobierno es una convención mediante la cual diversas entidades se prestan a formar parte de un Estado más grande, conservando cada una su personalidad. Es una sociedad de sociedades, que puede engrandecerse con nuevos asociados hasta constituir una potencia que baste a la seguridad de todos los que hayan unido.

La república federal tiene otras ventajas: es difícil que un usurpador controle todos los Estados que la conforman, por lo que si subyuga a una parte, las demás pueden reaccionar. Además, los Estados que la conforman se ayudan constantemente, conservando así su gobernabilidad.

La seguridad de la república entonces se gana a través de la unión, la paz y la moderación. La monarquía, por otro lado, busca la guerra y el engrandecimiento. El despotismo, por último, busca separarse y aislarse.

En cuanto a la guerra, los pueblos tienen derecho a matar en defensa propia y pueden ir a la guerra e incluso conquistar de acuerdo a la utilidad y sobre todo la conservación. Consecuentemente, se puede atacar en tiempos de paz para evitar una posible destrucción.

Aquí comento, sin pretender banalizar el derecho de una nación a defenderse, que a través de la historia los Estados también han utilizado esos pretextos para iniciar guerras falsas. No olvidemos cómo ha avanzado el “derecho de gentes” luego de la Segunda Guerra Mundial y cuánto camino le falta por recorrer. A diferencia de la época ilustrada, vivimos en un mundo poscolonial, en el que existen los “crímenes de guerra”, las cortes internacionales, y la ONU. No deberíamos subestimar que, si Montesquieu viviera en nuestros tiempos, quizá concibiera la guerra de manera distinta. Incomprobable, lo sé, pero tengamos en cuenta el contexto.

La libertad y los tres poderes

La libertad, nos dice Montesquieu, se puede interpretar de muchas maneras: para algunos significa deponer a un tirano, para otros la facultad de elegir a quién obedecer, para aquellos el derecho de usar armas y poder recurrir a la violencia, y para muchos la capacidad de ser gobernados por las leyes y las personas propias de su nación.

En las democracias, se habla mucho de libertad, pues es el sistema que más la permite. Sin embargo, muchas veces tendemos a confundir la libertad política con hacer lo que se quiere. La libertad está ligada con los deberes, por lo que tienes el derecho de hacer lo que las leyes permitan en relación con los demás miembros del Estado. Es deber del ciudadano no abusar de su poder, Si haces con impunidad lo que la constitución y las leyes prohíben, entonces pierdes tu libertad porque todos tienen el mismo poder de incumplir sus deberes. Consecuentemente, debemos actuar con virtud para no perder nuestra libertad.

Debido a que la libertad política consiste en que ningún ciudadano tema que otro abuse de su poder, se divide dicho poder en tres:

  • Poder legislativo.
  • Poder ejecutivo.
  • Poder judicial.

En el régimen despótico no hay separación de poderes.

El poder judicial obviamente es el encargado de juzgar. Tiene tribunales conformados por personas salidas de la masa popular periódica y alternativamente designada. De ahí surge la idea del jurado. Pero los juicios sí deben ser fijos, es decir, se debe aplicar el texto de la ley y no la opinión de un juez. Al acusado lo juzgan sus iguales y el juicio no debe caer en manos de personas inclinadas en su contra.

El poder legislativo expresa la voluntad general del Estado. Como los vecinos conocen sus ciudades mejor que el resto de los compatriotas, los representantes deben sacarse de cada región por los habitantes de dicho lugar. Sería poco efectivo que los diputados sigan para cada cosa la expresión exacta de quienes los eligen, pero sí deben rendirle cuentas al pueblo. El legislativo tampoco debe ponerle trabas al ejecutivo, aunque sí tiene el derecho de examinar cómo se han ejecutado sus leyes.

El poder ejecutivo “ejecuta” la voluntad del Estado expresada por el legislativo.

La libertad del ciudadano también depende de cómo es juzgado cuando es acusado, es decir, también depende de las leyes criminales.

No se puede juzgar a alguien con sólo un testigo, se requieren de varios.

Además, si las leyes criminales no son proporcionales al crimen sino que son arbitrarias y se basan en el capricho del legislador, entonces se pone en riesgo la libertad. De aquí surgen los delitos y las pruebas dudosas. Por ejemplo: si se le da el nombre de “lesa majestad” o “magnicidio” a lo que no lo es, el gobierno degenera en el despotismo. Montesquieu nos cuenta que una ley de Inglaterra durante la época de Enrique VIII declaraba culpables de alta traición a quienes predijeron la muerte del rey. Eso es claramente un exceso.

Por último, cuando se derrota a quienes intentan derribar a la república, se deben detener las venganzas, los castigos, y las recompensas porque si combatimos la crueldad no debemos convertirnos en seres crueles.

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