¿Internet nos hace tontos y superficiales?

internet superficiales

Reseña: “Superficiales” por Nicholas Carr. Candidato al premio Pulitzer en el que su autor argumenta internet nos está haciendo cada vez más tontos.

Cuando me parece que el argumento de un libro es demasiado recalcitrante, tiendo a ponerme recalcitrante.

Es un efecto común: como busco estar en el centro de los argumentos, intentando ser objetivo y analítico, una posición radical me polariza porque busco responder con argumentos opuestos.

Aquí, entonces, parto, no de que la evidencia mostrada por Carr es falsa, sino que su premisa es falsa y conlleva a exageraciones, confusiones, y malas interpretaciones.

Tenemos que ir de lo simple a lo complejo.

Para hacer eso, tengo que comenzar diciendo que el libro de Nicholas Carr es interesante porque emplea los nuevos descubrimientos de la neurociencia, en particular la neuroplasticidad.

Pero ni Carr ni yo somos neurocientíficos.

Él es un licenciado en artes con una maestría en artes, desempeñándose como autor sobre tecnología. Yo soy licenciado en bellas artes con una maestría en comunicación social.

Uno de los problemas es que Carr no reconoce esto. Al contrario, habla de nuestros cerebros como si hubiese examinado a 10.000 pacientes. Una cosa es leer libros de neurociencia, aprender de ellos y aplicar ese conocimiento para analizarlo, otra cosa es hablar con tal pomposidad, como si fueras un neurocientífico. El resultado es que pierdes de vista lo complejo que es el cerebro y todo lo que nos falta por aprender de él.

Establecido esto, definamos la premisa de Carr.

El medio es el mensaje

Basándose en la teoría de Marshall McLuhan sobre los medios de comunicación, Carr intenta revivir la tesis de que “el medio es el mensaje”.

Pero lo lleva aún más allá: el medio no solo es el mensaje por su significado, sino por lo que le hace físicamente a nuestros cerebros.

Tomando como referencia los avances en neuroplasticidad (nuestros cerebros no son piedras, sino que cambian a lo largo de nuestras vidas), Carr argumenta que el internet está cambiando la forma de nuestros cerebros para peor: nos está volviendo más estúpidos, ya que nos hace perder nuestra memoria y atención.

Además, le agrega una cereza al helado para los críticos marxistas: debido a que el medio es el mensaje, y la tecnología nos está cambiando, Google nos está alienando con sus pretensiones mercantilistas de un mundo donde podamos encontrar información fácilmente.

Establezcamos aquí un acuerdo: internet puede tener consecuencias sobre nuestra salud mental si no desarrollamos hábitos adecuados. Por ejemplo, nos podemos volver adictos a utilizarlo, interrumpiendo el desarrollo de otras habilidades sociales, profesionales, y cívicas.

Sin embargo, el internet no nos va a transformar en autómatas, robots, o zombies deambulantes que no saben qué hacer con sus vidas porque perdimos todas nuestras capacidades cerebrales como resultado de una conspiración de Google de permitirnos el acceso a muchas fuentes de información.

La “infoxicación” y el entretenimiento online son factores, pero no los únicos factores.

El medio es un factor, aunque no el único factor: hoy comí, me bañé, respiré aire puro y contaminado, me monté en el carro, el bus o el metro, interactué con otras personas, trabajé, pasé 2 horas en una cola, me leí un capítulo de Harry Potter, etc.

Y si el medio no es el único factor entonces…

El medio NO es el mensaje

Si hay algo que la lingüística ha comprobado, es que el lenguaje importa.

En este caso me refiero a cómo los conceptos que utilizamos son procesados por nuestros cerebros.

Un encuadre bien o mal planteado, puede organizar tus ideas del mundo de una manera ambigua y compleja.

Por ende, un encuadre como “el medio es el mensaje” puede llevar a muchas confusiones y contradicciones.

En la comunicación social sabemos que el medio no es el mensaje, en cualquier caso sería más adecuado hablar de que “el medio no es el único mensaje”. Es decir, un mensaje no es únicamente definido por un objeto o una tecnología sino que debemos encontrar asociaciones más complejas.

El problema es que la premisa de Carr nos encuadra en el determinismo tecnológico.

Entonces tenemos que utilizar un encuadre distinto, en este caso, el de las mediaciones.

Donde antes, a través de la teoría, no de McLuhan, sino de Harold Laswell, se creía en un sistema lineal emisor-mensaje-medio-receptor-efecto, que planteaba que el emisor, a través de la TV, por ejemplo, podía dominar o manipular a los receptores con sus mensajes (algo muy utilizado por los publicistas), hoy sabemos que los receptores no consumen información de manera pasiva sino activa.

Cuando veo una cadena de Nicolás Maduro, por ejemplo, no me convenzo tan fácilmente de lo que dice porque tengo un conjunto de conocimientos que me permiten responder de manera crítica.

Ahora, Nicolás Maduro puede apelar a mi ignorancia y mis prejuicios para convencerme, pero no como simple manipulación, sino porque preexiste un conocimiento que me hace susceptible a sus mensajes.

Lo mismo ocurre con el libro de Carr: como yo sabía que el medio no es el mensaje, a partir de la primera página reconocí una premisa falsa, por lo cual, más que “convertirme en el libro”, rechacé su hipótesis.

Las mediaciones están en constante movimiento y, como fueran descritas por Martín-Barbero o Bruno Latour, son culturalmente mucho más complejas que: “¡Google nos está alienando! ¡El horror! ¡El pánico! ¡El caos!”.

¡Calma y cordura!

Todos podemos reaccionar de manera crítica y mejorar nuestros hábitos, trabajemos por eso.

Ahora bien: si la ciencias sociales nos dicen que el medio no es el mensaje, ¿qué nos dice la neurociencia?

Nuestro insólito cerebro

En las ciencias sociales existen debates sumamente polarizados.

Tomemos como referencia lo que Umberto Eco denominó la batalla entre “integrados” y “apocalípticos”.

Los integrados, en este caso, serían quienes dicen que la tecnología es buena y va a traer la paz mundial.

Los apocalípticos serían quienes dicen que la tecnología es mala y va a conllevar al ocaso de la humanidad.

Esta polarización es un grave error.

Como bien dice Néstor García Canclini en La Sociedad Sin Relato: “Ni el pesimismo ni el optimismo son conceptos productivos en la investigación social”.

Y parafraseando a Bruno Latour: las ciencias sociales fracasan cuando intentan imponerle sus conceptos, ideologías o políticas a la realidad, sin permitirle a los actores que describan lo que realmente está pasando.

Conceptos como “el medio es el mensaje” o “el mercado que aliena y manipula a los compradores” pueden enmarcar las dinámicas sociales de maneras tan lineales que nos impiden ver conexiones más complejas.

Mi impresión es que en la neurociencia existe un debate similar: naturaleza vs crianza.

Los “naturales” dicen que todas nuestras habilidades son innatas y heredadas debido al proceso evolutivo.

Los “criadores” dicen que todas nuestras habilidades son adquiridas a través de la experiencia.

¿Por qué ocurren en las ciencias estos debates tan opuestos?

A veces ni siquiera es culpa de las ciencias sino de quienes interpretan las ciencias para acomodarlas a su proyecto político.

Si hay algo que evidencian los estudios sociales y científicos es lo poco que nos gusta el conocimiento ambiguo. Por eso cité los “encuadres” porque “encuadrar” significa encerrar o enmarcar el conocimiento por una vía lineal.

Pero los seres humanos estamos llenos de contradicciones.

Por eso es que las ciencias sociales como bien dicen Canclini, Latour, Martín-Barbero, y muchos otros, no deben encargarse de organizar el caos con conceptos predeterminados, porque ese método tan encuadrado puede precisamente ser lo que fabrique el caos. Las ciencias sociales deben dejar que los actores cuenten sus historias, primero, y problematizar a partir de los hallazgos después.

Lo mismo ocurre con nuestros cerebros: son más caóticos de lo que el debate naturaleza vs crianza nos puede decir.

Si un neurólogo intenta comprender esta dinámica como una contraposición de conceptos, se va a perder sus complejidades.

La lectura del libro de Antonio Damasio “Self Comes to Mind” por ejemplo, nos dice que el cerebro no procesa la experiencia en compartimientos separados, sino que se entrecruza constantemente.

Esto tiene que ver con la capacidad que tienen las neuronas de reforzar las habilidades que más utilizamos, lo cual apunta hacia la plasticidad del cerebro.

Pero también debemos tomar en cuenta la formación del “yo”.

La biología evolutiva nos dice que el “yo” a primera vista no es necesario para sobrevivir: las bacterias y las hormigas tienen comportamientos complejos sin disfrutar del buen vino o el arte de élites.

Y, sin embargo, el “yo” humano tiene ventajas obvias.

Lo que esto indica es que en el proceso evolutivo heredamos ciertas capacidades innatas, capacidades que el cerebro ha adquirido tras milenios de evolución, no para volverse más estúpido, sino para volverse más inteligente.

El pensamiento inconsciente, precisamente se deriva de la necesidad que tiene nuestro organismo de “auto-regularse”. Esa auto-regulación la heredamos: yo no estoy controlando cuántas hormonas tengo que producir en este preciso instante para tener el balance más adecuado.

Nuestro cerebro evoluciona, y esa evolución tiene que ver, tanto con la experiencia adquirida, como la naturaleza heredada, intercambios que ocurren en procesos de adaptación de regulación biológica complejos, que hoy en día son el Santo Grial de la neurociencia porque todavía no comprendemos exactamente cómo ocurren.

El profesor y psicólogo de Harvard, Steven Pinker, hizo una crítica en el New York Times a las ideas exageradas como las de Carr.

Ya Pinker en su libro “The Blank Slate” proponía que el cerebro no es una “tabula rasa”, es decir, una memoria en blanco a la que uno simplemente le va depositando información. Muchas de nuestras capacidades, como expliqué (o interpreté desde una posición no neurocientífica), son innatas. Otras, como también dije, son adquiridas a través de la experiencia.

Entonces no todo es innato ni todo es criado pero tampoco podemos de forma caprichosa decir qué es innato y qué es criado: ¡investiguemos!

Conclusiones

Como modo de conclusión, digo lo mismo que establecí al principio: el problema con el libro de Carr es que comienza con una premisa falsa que simplifica lo complejo y encuadra todo su argumento de manera errónea, llevándolo a contradecirse cada dos capítulos.

Un ejemplo es un capítulo en el que intenta explicar por qué, si nuestros cerebros se están volviendo más estúpidos, los exámenes sobre coeficiente intelectual presentan puntuaciones cada vez mejores: “No somos más inteligentes que nuestros padres… Solo somos inteligentes de maneras diferentes”. Esta frase cancela todo su argumento.

Anexo

Voy a cerrar con algunas citas del artículo de Steven Pinker en el New York Times que traduzco a continuación:

“Los nuevos medios de comunicación siempre han causado pánico moral: la prensa impresa, los periódicos, los libros de bolsillo y la televisión fueron todos denunciados como amenazas para la capacidad intelectual y la fibra moral de los consumidores…

Así también con las tecnologías electrónicas, PowerPoint, se nos dice, está reduciendo el discurso en viñetas… Twitter está reduciendo nuestros lapsos de atención…

Tomemos el estado de la ciencia, que exige altos niveles de trabajo intelectual…Estos días los científicos nunca están lejos de su correo electrónico… y no se puede enseñar sin PowerPoint. Si los medios de comunicación electrónicos fueran peligrosos para la inteligencia, la calidad de la ciencia estaría cayendo en picado. Sin embargo, los descubrimientos se multiplican como moscas y el progreso es vertiginoso…

Los críticos de los nuevos medios a veces usan la ciencia misma para impulsar su caso, citando investigaciones que muestran cómo ‘la experiencia puede cambiar el cerebro’. Pero los neurocientíficos cognitivos voltean los ojos cuando escuchan eso. Sí, cada vez que aprendemos un hecho o habilidad, el cableado de nuestro cerebro cambia; no es como que si la información se almacenara en el páncreas. Pero la existencia de la plasticidad neural no significa que el cerebro es una masa de arcilla amasada en forma por la experiencia…

La experiencia no renueva las capacidades básicas de procesamiento de información del cerebro…los efectos de la experiencia son muy específicos a las propias experiencias. Si se entrena a la gente a hacer una cosa… mejoran en hacer esa cosa, pero casi nada más…

La música no te hace mejor en matemáticas, conjugar en latín no te hace más lógico, los juegos de entrenamiento cerebral, no te hacen más inteligente. La gente exitosa… se sumerge en sus campos. Los novelistas leen muchas novelas, los científicos leen mucha ciencia…

Los críticos de los medios escriben como que si el cerebro adoptara las cualidades de lo que sea que consume, es el equivalente informacional a ‘eres lo que comes’. Al igual que los pueblos primitivos creían que comer animales feroces los volvería feroces, asumen que ver cortes rápidos en videos de rock convierte tu vida mental en cortes rápidos o que la lectura de viñetas y publicaciones de Twitter convierte tus pensamientos en viñetas y mensajes de Twitter…

Sí, la recepción constante de paquetes de información puede convertirse en una distracción o una adicción, sobre todo para las personas con trastorno de déficit de atención…

Pero la distracción no es un fenómeno nuevo. La solución no es lamentarse sobre la tecnología sino desarrollar estrategias de autocontrol, como lo hacemos con cualquier otra tentación en la vida. Apague el correo electrónico o el Twitter cuando trabaja, guarde su Blackberry en la cena…”

(recuperado del New York Times el 4 de junio de 2015. Link: http://www.nytimes.com/2010/06/11/opinion/11Pinker.html).

Be the first to comment

Leave a Reply